Luis Hernández Mellizo ▪ Artista

Economía de los colores











La economía de los colores

Sueño de un atardecer, Noche en la pradera, Paseo en el parque, Pétalos de primavera, Amanecer en el cielo, Paisaje lunar y Mar denso son algunas de las expresiones que usan las empresas que hacen nuevos porcentajes en las mezclas de pigmentos básicos de color para promover una carta de nuevas tendencias de colores, aunque no son nuevos porque nada hay por descubrir en el espectro visible (frecuencias). Mientras tanto, algún grupo de fotografía, diseño y publicidad crea una variación de la estrategia de siempre: recrear escenas domésticas para mostrar el color aplicado en contexto. Imágenes que dictan composiciones entre paredes, pisos, muebles y accesorios sobrios; escenas amables, limpias entre algunas otras características sobre cómo deberíamos crear y ajustar nuestra arquitectura emocional de casa.
Las obras de este proyecto parten de la extracción y reproducción pictórica de las imágenes de los escenarios que plantean dichas campañas pero las despoja de su principal motivo: El color. Los tonos y matices propuestos son traducidos al blanco y al negro y a los tonos intermedios de grises, el color queda desplazado de la pintura a la pared, que es en donde realmente las empresas la proponen poner (en la teoría del color por sustracción, parámetro bajo el cual tradicionalmente se pinta, el blanco y el negro no son colores sino la luz y la oscuridad respectivamente), y el escenario se convierte en la pintura-obra. Son pinturas que parten del lenguaje fotográfico y pretenden discutir lo pictórico en su amplio espectro y, por ende, la pintura de la gran tradición europea y a la pintura que conocemos del día a día que nos venden las empresas con la que pintamos casas, carros y otros objetos. Estas pinturas al margen de las que pretenden situarse en la “era digital” son la parte no protagonista, pero sí la estable y permanente de lo que nos atañe en la vida cotidiana en nuestros domicilios, son los fondos de algo. Las obras y las pinturas de las paredes se juntan para afirmar la posibilidad de su exposición en una galería comercial y de su eventual comercialización y disposición en un espacio privado, intentan aprovechar la situación para introducir elementos simbólicos de discusión para pensar la imagen, el arte mismo y lo que aceptamos socialmente como tal. El color se queda en lo útil, la pintura que sirve, la de las paredes, para un gobierno que realiza allanamientos ilegales en medios culturales, censura carrozas en festivales populares y prohíbe aplicaciones móviles entre otras cosas, esta sería de guerrilla; se acomoda a las circunstancias de una galería privada que me representa y viaja a ferias. 
En la misma idea al ‘encajar’ este proyecto pictórico en línea con la producción industrial de empresas locales simbólicamente hurta algo que dicha producción no contempla, la capacidad de reinterpretación de un color en el espectro visible en el cambiante devenir de la privacidad de un domicilio particular y quien lo habite, algo que llamo una Plusvalía residual, que es eso que ningún grupo político, empresa o gobierno puede tomar de los autores (además de los derechos morales de las obras) porque es ese valor que resulta de la transformación, intercambio y aceptación de quienes producimos algún tipo de objetos (entiéndase en su amplio espectro teórico) artísticos como un asalto al medio de producción. Pueden ser varias las estrategias: customización, bricolaje, traslado, edición o cualquier otra desarrollada en el proceso creativo. Así, después de 200 años parece que finalmente estaríamos en la conformación de un “arte nacional”, porque al contrario de lo que promueve nuestro Ministerio de Cultura el arte no es una innovación para la viabilidad económica sino el nicho, la deconstrucción, la hormiga que va deshaciendo un lugar para poco a poco construir un mundo nuevo. Es Economía Naranja porque así como Rappi (tomado como ejemplo colombiano de emprendimiento en las nuevas tecnologías) robó la idea de UberEats para este proyecto robo las imágenes de diseñadores y fotógrafos pagados por las industrias de la pintura para usarlas en mis pinturas. Solo encontrando esa plusvalía residual, (un Rappi del arte , sin embargo no explotando a grupos marginales de la sociedad que deben trabajar ahí para no morir de hambre, el artista ha aguantado pero no se ha muerto de hambre tampoco, no aún) Si hay algo que logra el trabajo del artista es su aceptación social, otro asunto es lograr buenas obras y reconocimiento y difusión por ello, así como su sustentabilidad. Así pretendo establecer una analogía entre el sistema propuesto por gobiernos como el local de monetizar la cultura y el sistema de entender lo visual en el arte, en este caso al apropiarme de los nombres del producto para las obras, al usar sus códigos de nominación del color y al editar el producto sacando una parte para proyectarla, le adiciono un valor que está por fuera de lo que se espera de una lógica del mercado.
Este proyecto es un intento de dar una respuesta y una salida digna al artista como trabajador en los movimientos actuales de la escena local parcialmente dominada por el acaparamiento de los recursos públicos, el intento de las determinaciones estéticas de los privados y dicho emprendedodurismo promovido por el gobierno actual de donde deriva el título de este proyecto; es sensacionalismo y populismo aplicado a lo Cultural, así como en gobiernos anteriores se ha usado la cultura en forma de “falso positivo” o sea un falso positivo cultural (como el robo del Goya para distraer la noticia del hallazgo de cientos de millones de pesos en malos manejos de la FUGA, entre otros) Es una manera de morder, legalmente, recursos económicos en el contexto de un sistema hostil y desigual en el que la mayoría de trabajadores, entre esos, algunos de los pocos artistas pobres que existimos, sobrevivimos con escasos recursos en una manera del rebusque mismo. Es economía por la escasez o lo barato de sacarle los colores a la pintura, y trabajarlas en gamas entre el blanco y el negro, son bodegones que pueden llegar a señalar parte del género de la pintura aunque sus consideraciones sean diferentes a las de la Historia del arte, es un ejercicio en beneficio de un artista sin patrimonio y casi siempre endeudado. Es economía de los colores porque se ‘raspa la olla’, Porque parece no ser más que una tergiversación neoliberal cultural de la cuarta revolución industrial de la humanidad, el pensamiento.
LHM


















Economía de los colores

En la producción de Hernández Mellizo prevalece una constante lucidez alrededor del hecho que el contexto en que se inserta una imagen determina la gama de significados que ésta puede llegar a adquirir. Las fotografías incluidas en un catálogo de una tienda no plantean ninguna pregunta, sino que se construyen como un anhelo que, como observadores, recibimos pasivamente: los espacios luminosos nos invitan a ocuparlos, los objetos relucientes a comprarlos. La imagen publicitaria nos promete felicidad a partir de un acto tan sencillo como el de la adquisición, nos convence que seremos exitosos si tenemos un apartamento de paredes color ‘Ponche cítrico’ o ‘Pétalos de primavera’, si nos sentamos en una poltrona a la que le hagan juego las lámparas y el perro. Son imágenes cuidadosamente construidas, cargadas de un fuerte sentido escenográfico que nos invitan a convertirnos en sus protagonistas.
En Economía de los colores, el artista se apropia de esas fotografías publicitarias y, con paciencia, traduce al óleo las escenas falsamente cotidianas. Cuando estas imágenes atraviesan una transformación material —cuando pasan de lo digital a lo análogo, de la foto de estudio al bodegón en el lienzo— pierden su valor aspiracional: el glamour y el estatus que promete el consumo se revela ilusorio. Al ser privados de color, esos espacios originalmente tan seductores a la mirada se convierten en escenarios que ya no invitan a ser habitados; parecen, en cambio, remitir a la presencia de un ser humano que ya no está, o tal vez nunca estuvo. Una silla vacía, un marco sin lienzo, una mascota sin dueño —cada elemento pierde su rol dentro del ciclo de consumo donde se concibió originalmente. Paradójicamente, es ahí cuando entran a un nuevo ciclo: el del mercado del arte, donde se convierten en nuevos objetos de deseo que prometen estatus a su comprador. En este caso, es el artista quien ofrece al público su propio catálogo de lienzos destinados a ser colgados sobre esas paredes ‘Rosa discreto’ dentro de casas luminosas, limpias —como sacadas de catálogo.
Una última pregunta parece subyacer a la muestra: ¿hasta qué punto los objetos que compramos, los espacios que habitamos, la comida que consumimos, son un reflejo de quienes somos como individuos, o como sociedad? ¿Qué dirían de nosotros, en un futuro, si sólo quedaran revistas de diseño de interiores, catálogos de objetos para el hogar o fotografías de alacenas rebosantes de comida empacada, enlatada y patentada? Se cuestiona el rol que cumple el artista en estas dinámicas de producción de mercancía, de embellecimiento de la realidad y de consolidación de modelos aspiracionales: él, como un trabajador más, ofrece un servicio y un producto que libera para que las fuerzas del mercado hagan con éste lo que les plazca.

Nicole Cartier



Reina de corazones. Óleo sobre tela 140x200 cms y vinilo VD194-A sobre la pared


Ponche cítrico. Óleo sobre tela 70x100 cms y vinilo VD007-D sobre la pared
Tallo de rosa. Óleo sobre tela 140x200 cms y vinilo AM112-A sobre la pared

Rosa discreta. Óleo sobre tela 100x70 cms y vinilo TR072-P sobre la pared






Ébano violeta. Óleo sobre tela 100x70 cms y vinilo VL184-A sobre la pared



Buganvilia. Óleo sobre tela 70x50 cms y vinilo TR033-T sobre la pared

Cono de pino. Óleo sobre tela 140x200 cms y vinilo VL194-A sobre la pared

Noche en la pradera. Óleo sobre tela 50x70 cms y vinilo VD249-A sobre la pared



Pétalos de primavera. Óleo sobre tela 50x70 cms y vinilo PS002-P sobre la pared
Rosa suave. Óleo sobre tela 70x50 cms y vinilo VL180-T sobre la pared








Recorrido virtual de la muestra Economía de los colores:
https://bit.ly/LaEconomiadelosColores



El autor agradece la colaboración para la realización de este proyecto a su familia, a Laura Catalina Peña, a Benedetta Casini, a Carolina Ruiz, a Gabriela Díaz Velasco, a Natalia Castañeda y a los trabajadores de la galería nueveochenta.